martes, 15 de mayo de 2018

Autobiografía como relato


“Para conocerme y quererme hay que leerme”
Gloria Fuertes

Autobiografía
 Nací un día de Junio en un pueblo de Andalucía. Con los años que tengo, que ya son muchos, todavía no sé los motivos que tuvo mi madre para trasladarse, los últimos meses de su embarazo, y parirme allí. Cuando llegué a este mundo, me encontré con dos hermanos, convirtiéndome así en la niña de la casa. Estatus que nunca perdí. A mi padre le alegré la vida. Le gustaban mucho las niñas, igual demasiado. Fui educada por mi madre, que cumplió, a rajatabla, su misión. Me enseñó que, tanto si eres niña como si eres mujer, poco importa lo que seas, pienses, hagas o digas. Fui al colegio bastante tarde, pero no me importó mucho, porque cuando me dejaron asistir, por primera vez, descubrí todo un nuevo, y maravilloso, mundo. Suerte la mía al agarrarme a él. Estudiar y leer fueron mis prioridades durante mucho tiempo, aún lo siguen siendo. Era enamoradiza y de las que creyeron en el “príncipe azul”. Y lo encontré, aunque tuve que dejar lo que tanto había deseado y por lo que tanto luché, la Universidad. Tampoco me importó, porque, como recompensa, nació mi hijo mayor. Con mi acceso al mundo laboral, aprendí que la independencia económica es fundamental para abandonar la creencia del príncipe salvador. Poco a poco, la niña de la casa, sumisa y obediente, dejó de serlo. Volví a la Universidad pudiendo cumplir mi sueño. Los amores siguieron y, con uno  de ellos, tres partos de alto riesgo. La ruleta de la suerte se paró en el segundo, donde nació mi princesa valiente, mi hija, pero pasó de los otros dos. Cuánta tristeza y dolor mezclado con alegría. La risa y el llanto se unieron para dar la bienvenida a mi pequeña flor. Y es ella la que dice: ¡Qué príncipe, ni qué príncipe, para princesa yo!. Nadie podrá decir que no cumplí como madre, porque como mujer me voy construyendo yo. Sin saber, muy bien, cómo, la cabeza visible de mi pequeña familia, mi hijo, mi hija y yo, siempre fue la mía. De mi familia primera, ni nada ni nadie me queda. Bueno, tengo, por ahí, un hermano que es como si tuviera un tío en América que vive en Madrid. Por causas desconocidas, que es mejor no conocer, mi memoria infantil, que siempre fue frágil, sufrió un colapso. Una especie de amnesia selectiva, u olvido peculiar, borró, de un plumazo, esa parte tan importante en la vida. Este fue el mejor método que mi mente encontró, en aquel momento, a modo de protección. Pero era contraproducente dejar vacíos tan evidentes. Y decidió cubrirlos, inventando mentiras piadosas como si fueran salvavidas. Así he vivido durante mucho tiempo, parte de mi infancia, mi juventud y, si se puede decir, madurez. Pero mira tú por dónde, conocí a un elegante caballero. Un seductor cantautor de cuyo nombre no me acuerdo, o no me quiero acordar, el innombrable lo llamo yo. Pero lo que no olvidé es que, al igual que a mi padre, le gustaban mucho las niñas- los dos se parecían bastante, casualidades de la vida-. Eso hizo despertar a la que tengo en mi interior, haciéndola disfrutar. Y, entre canción y canción, este elegante caballero se fue quitando el disfraz, y no el sombrero. Me lo decía mi hijo, me lo decía mi hija, pero el amor es ciego, no se puede evitar. Y el día llegó, aunque se hizo esperar, se descubrió la cara, quitándose el antifaz, y el pirómano depredador, que escondía, apareció. El incendio provocado lo quemó todo, mis verdades, mis mentiras, mi inocencia, mi ilusión, mi confianza, dejando sólo las cenizas. Y, como un Ave Fénix, de ellas resurgí, construyendo una vida a mi medida. Pero, a pesar de todo, este caos o desastre que he contado, quitó la venda de mis ojos, se llevó las inventadas mentiras y me regaló la verdad, lo que mi memoria había borrado. Así que, sin que el innombrable se entere, le estoy agradecida. Escribir fue mi terapia, creando los pilares que sostienen a un neófito yo. Aún así, mi suerte no me ha dejado, siempre a mi lado, como si fuera una buena amiga. Y, buscando entre mis ruinas, con una estación me encontré. Sí, esa, la que tiene un camino donde hay un chalet. Como todo comienzo se hace por un principio, a este pueblo, y a su estación, le debo el mío. Porque sólo este lugar se salvó del olvido, de la amnesia, de las mentiras, del incendio, guardando, como un tesoro, mi alegría, mi niña y mi loca de la casa. Aquí vivo y aquí  hallé este taller, en donde lo que ha sido una necesidad se puede convertir en un bonito, y productivo, arte que me hace mirar, con ilusión y esperanza, ese horizonte, o utopía, al que quiero llegar. Mi memoria es mi diario, a este lugar me ha traído, para aprender, y mejorar, este bello y curativo oficio, el de escribir. Continuará, eso espero

miércoles, 9 de mayo de 2018

Me gusta escribir





Me gusta escribir

Descubrí, hace tiempo, que escribiendo podía transformar mis sentimientos y mis emociones en algo creativo, expresando lo que sentía a través de mis escritos. Escribir es como mi mano amiga. Y mi boli y mi cuaderno mis aliados y compañeros en esta andadura que es mi vida.

Disfruto mucho cuando escribo sobre mí. Sobre aquello que me impresiona y necesito plasmar en un papel. Al hacerlo, me libero. Por ejemplo: mis sueños, algún acontecimiento que me pasa o veo, recuerdos, etc.

Al llegar a este taller, mi concepto sobre lo que es escribir ha cambiado, un poco, en positivo, por supuesto. Aquí, estoy aprendiendo a salir fuera de mí, y me gusta. Y escribir se está convirtiendo en una aventura en la imaginación que la materializo al contarla. Es como magia, algo aparece o desaparece cuando yo quiero.

No me da pereza escribir, al contrario, me entusiasma y me produce bienestar. Llevo años con el hábito de escribir todos los días, lo que sea, aunque parezca una tontería. Carmen Martín Gaite, en su libro Nubosidad Variable, dice: “Deja de ser una tontería lo que se cuenta con ganas”. De eso se trata.

Para mí, escribir, es no olvidar. Las palabras se las lleva el viento, lo que se escribe, no. Escribir es como grabar. Necesito, de vez en cuando, volver atrás para saber donde me encuentro. Escribir me ayuda a organizar mi mente, mis pensamientos, mis ideas, etc. Escribir me pone frenos y límites. Escribir me salvó cuando andaba perdida. Escribir es el espejo donde puedo mirarme aceptando la imagen que veo. Escribir es el camino que me lleva al encuentro conmigo misma. Escribir me libera. Escribir me reafirma. Escribir me ayuda a tomar conciencia del mundo que me rodea. Escribir, para mí, es una necesidad. Escribo para dejar algún legado o herencia.

Mis textos, o mis escritos, son cortos y breves, como pequeños relatos, donde expreso lo que siento y me emociona. Interpreto, de manera muy subjetiva, una realidad, una idea, un suceso, un tema, un recuerdo, etc. Son textos muy íntimos. Normalmente, escribo por las mañanas, es cuando más inspirada estoy. Eso sí, necesito tranquilidad y silencio.

Cuando escribo, mis estados de ánimo son variables, ¡he pasado por todos!. Al crearme el hábito de escribir todos los días, puedo hacerlo contenta, enfadada, triste, emocionada, cuando me pongo a ello y dependiendo de mi estado así es lo que escribo. Lo hago por impulsos y, no siempre tienen relación entre sí. Suelto una idea que, luego, me puede servir para, por ejemplo, un relato concreto. Mi lugar de inspiración es la cocina. Es una costumbre que tomé, hace tiempo, porque era el lugar donde estaba más tranquila. Siempre procuro tener una mesa en ella. Me levanto temprano, desayuno, saco a mi perro y, cuando vuelvo, me siento en la cocina, donde siempre tengo cuaderno y boli, y me pongo a escribir. Lo hago de inmediato, sin darle demasiadas vueltas. Luego, cuando me pongo a ordenar el texto, a corregirlo, y a esas cosas, me pueden surgir más ideas. Y, entonces, sí, le doy vueltas.

Mis primeras nociones e impresiones, siempre las escribo a mano. Luego, utilizo el ordenador para irles dando forma, e incluso, profundizar algo más en ellas. También lo uso para repasar y corregir. Lo hago siempre y mucho. El diccionario, sobre todo, el de sinónimos y antónimos, para mí, es imprescindible. Y, dependiendo del tema, leo obras relacionadas con él y acudo a la ayuda de tutoriales por internet. Busco e indago mucho antes de desarrollar algo que haya escrito o vaya a escribir. Casi siempre, me siento  satisfecha de lo que escribo, porque es algo que surge de mí y lo valoro.

Si me preguntan cuáles son mis puntos fuertes y débiles como autora, sería difícil de responder. Creo que todo lo que escribo está cargado de experiencia. De alguna manera, lo he vivido o lo he sentido. Son reflexiones sobre situaciones determinadas y mi forma de enfrentarme a ellas. Quizá, ese sea mi punto fuerte. Mi punto débil, es que todo lo que escribo está demasiado ligado a mí. En el taller, estoy aprendiendo, como ya he dicho, a salir fuera. Está haciendo que descubra nuevas formas y maneras de expresar y comunicar a través de la escritura. Y, no sólo eso, me estoy dando cuenta, desde que asisto a él, de que puedo escribir sobre temas que yo, nunca, hubiera pensado que lo haría. Porque saber escribir no nos hace escritoras o escritores. Este bello oficio, como tantos otros, hay que aprenderlo para poderlo llevar a cabo. Aquí, con María y mis colegas, podría mejorar mi estilo de escribir y acercarme a esa bonita palabra, escritora. La veo lejos, pero espero y deseo, al menos, rozarla.

No sé cómo me gusta escribir, es algo que tendré que descubrir, escribiendo. Al ser sólo una aprendiz, tengo por delante un gran mundo de posibilidades por explorar que, todavía, me pueden sorprender. Nunca he publicado nada, pero lo que he leído, en estas tres sesiones que llevo asistiendo a este taller, parece que ha gustado. Me han aplaudido y todo (aunque aplaudir, lo hacemos siempre, es nuestra manera de motivarnos). Cuando alguien ha leído algo mío, muy pocas veces, me señala mi experiencia. He vivido intensamente y eso se refleja en lo que escribo. Pero, también, es verdad, que muchas frases no expresan, exactamente, lo que quiero decir, ¡me lío!. 

Tengo conciencia de que debo trabajarme mucho mi ortografía. Aunque, no soy complicada en lo que digo, soy, más bien, directa y sencilla, al menos, es lo que pretendo y deseo. De ahí, la importancia de la corrección gramatical. Sin ella, muchos escritos no tendrían sentido ni se conseguiría su objetivo principal, comunicar. Por eso, en corregir es donde más tiempo invierto y tardo al escribir. Y, aún así, siempre hay algún fallo. Echar la idea, se puede decir, es lo más fácil y rápido. Darle forma y sentido es lo que más trabajo tiene. Publicar algo implica una gran responsabilidad. Por lo que, la corrección gramatical, es fundamental.

La lectura es un proceso inverso al de escribir, aunque ambos se retroalimentan, casi se necesitan. La lectura nutre y alimenta nuestro pensamiento y nuestro espíritu. Enriquece nuestro interior y abre nuestra mente en una conversación íntima. Dicen que leer nos hace sentir que no estamos a solas. La lectura puede ayudarte a ponerte en el lugar de otra persona. Para mí, la compañía más fiel y en la que más confío, y he confiado, durante toda mi vida, son los libros. Leo todos los días, siempre que puedo. Leer es muy importante para quien quiere escribir. Sobre todo, porque leyendo se aprende este bello oficio. Conocer a escritores y escritoras, saber cómo trabajan y desarrollan sus ideas, es parte fundamental de este aprendizaje. Además, amplía nuestro vocabulario, requisito necesario para proyectar, lo que sea, en un papel. También asisto al club de lectura de la Biblioteca, en donde estoy descubriendo autores y autoras que desconocía. En estos momentos, tengo dos libros entre manos, Mendoza y Muñoz Molina. Más todo lo que me queda por leer para poder crecer y progresar en mis escritos de manera, más o menos, aceptable, en este taller. Y, para poder conseguirlo, es de necesaria urgencia continuar con él.













Relatos cortos

Como ya dije, hace más de tres meses, estoy asistiendo a un taller de narrativa. Está organizado por la biblioteca municipal del pueblo que me acoge, pronto hará cuatro años que resido aquí. La duración de este taller es la de un curso completo, comenzamos en septiembre y terminamos en junio. Es de una sesión a la semana, cuyo horario es de cinco, de la tarde, a ocho, hay veces que salimos un poco más tarde. Quienes participamos en él, formamos un grupo de unas diez o doce personas. Comencé a ir a este taller en marzo de 2017 y, este año, lo haré completo. Cada semana, nuestra coordinadora, María, nos manda escribir un relato corto, no menos de 500 palabras ni más de 1000, tanto si nos pasamos como si no llegamos, no pasa nada. Se nos pide brevedad porque cada integrante del grupo tenemos que leer aquello que hemos escrito. Bueno, cuento todo ésto porque me apetece compartir en mi blog algunos de mis escritos. He ido mejorando poco a poco, al igual que, también, me libero de alguna manera. El primero que voy a subir es el segundo que escribí. Tengo que decir, que me hice un lío, no entendí, muy bien, lo que María me pedía. Pero en él explico mis razones de por qué me gusta escribir, y escribo. Sigo adelante, e intentando hacer cosas que aligeren, y embellezcan, mi camino.

jueves, 8 de febrero de 2018

La historia de la Mujer Esqueleto

Demasiado tiempo sin visitar mi blog. No sé, muy bien, lo que me ha pasado, pero, lo que sí sé, es que necesitaba tiempo para digerir tanto y tan pesado. Quiero contar que llevo más de un año participando es un taller de narrativa. Creo que es una de las mejores decisiones que he tomado últimamente. Y, hoy, quiero compartir en mi blog la verdadera historia de la Mujer Esqueleto, mi inspiración. Es un cuento, de los muchos recogidos, en un maravilloso libro llamado "Mujeres que corren con los lobos" de Clarissa Pinkola Estés.


La historia de la Mujer Esqueleto 


La acción transcurre en Alaska, o en Islandia, o en Groenlandia. En cualquiera de esos lugares llenos de islas y de frío, donde la vida es muy dura y extrema. 

Había una vez una joven que desobedeció a su padre. Este, como castigo, la arrojó por un acantilado. Pero la chica no murió: se transformó en una especie de espectro de las aguas, semiviva, sometida a los helados vaivenes de las olas, condenada a habitar las profundidades gélidas y oscuras del lecho marino. Una especie de zombie espantoso, que asustaba a cuanto ser la viese, fuera del agua o de la tierra. 

Y había un pescador. 

Un frágil pescador que salía cada día con su botecito y su red a pescar. Todos los días lo mismo: si pescaba, comía. Y si no, había que esperar al día siguiente. 
El caso es que un día, como todos los días de su vida, el pescador se hizo a la mar, eligió un lugar y tiró sus redes. Justo en el lugar por donde el cuerpo de la Mujer Esqueleto era mecido por la corriente. El pescador sintió el pique, las redes poniéndose muy tensas. Caramba, dijo, al fin pesco algo grande, ahora sí que voy a tener para comer. Es más, pensaba excitado, quizás hasta pueda aprovisionarme y ahorrarme de salir a la mar por varios días. Empezó a recoger la red, tenía que hacer mucha fuerza. 

Menudo susto se pegó cuando vio lo que le traía la red: sobre su barcaza se asomaba un brazo mitad hueso mitad garra, espantoso y semihumano. Un terror incontrolado se apoderó del pescador, que instintivamente soltó la red y agarró los remos. Empezó a dirigirse con desesperación a la costa. Tanto era su temor, que no se dio cuenta que la red había apresado esa inesperada y horrible figura, y que no se había soltado. Así fue el pescador hasta la playa, mirando por sobre el hombro para atrás. Con las olas, el cuerpo de la Mujer Esqueleto se asomaba cada tanto, y el hombre en su terror se sentía perseguido por semejante espectro. Se bajó a los tropezones de la barca y corrió hasta su choza. No se dio cuenta que su pie estaba enredado con los hilos de la red y que, en su huída, seguía arrastrando detrás de sí a su presa. 

Entró jadeando a su choza: ahí se sintió más protegido. Encendió el fuego para quitarse el frío y la humedad. Entonces la vio. La Mujer Esqueleto estaba ahí tirada, toda despatarrada, los huesos salidos de lugar, con animalitos marinos saliéndole de las cuencas de los ojos, fea y desarmada. Superó el terror y las ganas de gritar y se animó a mirarla. Poco a poco fue entendiendo lo que había pasado. Mientras tanto, la Mujer Esqueleto no salía de su asombro: hacía tanto que no estaba afuera del agua, en contacto con un humano. Tenía miedo de moverse para no seguir asustando al pescador. Y así se quedó quietita, deseando no volver a ser arrojada a su no-vida, a la nada. 

El pescador tuvo un extraño impulso. Se sobrepuso al rechazo y empezó a sentir curiosidad y ternura por ese ser tan horripilante pero a la vez desvalido. Se acercó y la fue desenredando despacito. Le acomodó los huesos y el pelo, y la sentó en un rincón cercano al fuego. Comió algo y le acercó a la mujer, casi amorosamente, un poco de pescado crudo. La mujer lo comió. Hacía siglos que no comía, era tanta la gratitud que sentía todo el tiempo. 

Después, el pescador se acurrucó junto al fuego. Se tapó con sus pieles y se quedó dormido, agotado por la experiencia que acababa de vivir. La Mujer Esqueleto lo miró por mucho tiempo, feliz de estar ahí, conformándose con ese momento que deseaba eterno. Pero al rato el hombre empezó a quejarse y llorar, como siempre lloran los hombres, sólo en sueños. Y se arrastró despacio y en silencio hacia donde dormía el pescador. Se recostó al lado suyo y bebió sus lágrimas, muerta de sed de agua dulce y profunda. Sin saber bien lo que hacía, se pegó a ese varón dormido y le arrancó el corazón. Para darle calor se lo puso en el pecho. Y ahí sucedió el milagro: la carne empezó a rodearle los huesos, y la piel recubrió sus músculos. Volvieron a salirle los senos y la rajadura del sexo. Se animó a recostarse al lado del pescador que seguía profundamente dormido, arropados los dos debajo de las mantas. Le devolvió el corazón y lo abrazó con un calor nuevo y feliz, de mujer. Así durmieron juntos toda esa larga noche. 

Y desde entonces, no se han vuelto a separar. 
Volveré...

sábado, 14 de febrero de 2015

Sin saldo, pero aún tengo la vida.

Últimamente, me parezco mucho a mi padre, a lo que él era y hacía. Le gustaba la soledad, como a mí; escribir, leer y estudiar, como a mí. No le gustaba la gente, era como si se escondiera para no ser reconocido. La diferencia entre él y yo, es la culpa. Él nunca se sintió culpable de nada o, al menos, eso parecía, yo sí. Él se aislaba por egoísmo, yo por vergüenza. A él no le importaba nada ni nadie y su único objetivo era que sus necesidades básicas fueran cubiertas. Lo exigía como un derecho por haber trabajado duro para obtenerlo. A mí me pasa igual, con una diferencia, yo lo vivo como una obligación. Hacemos lo mismo, pero en lados opuestos y por diferentes motivos. Mi padre murió antes de estar muerto, y yo voy siguiendo el camino. Todo lo que yo creía importante está muerto y enterrado.

No sé lo que voy a hacer, de verdad. Tendría que salir de este aislamiento y volver a comunicarme con la gente, pero aún no estoy preparada. Todavía, al hablar, me sale el dolor y me da vergüenza. Siempre he pensado que era una mujer inteligente, ahora, lo dudo. Mi saldo se ha agotado y ya no me queda nada. Todo lo gasté para sobrevivir.

Me siento como ese preso encarcelado, prácticamente, toda su vida sin ser culpable, y lo dejan en libertad. Al salir no sabe qué hacer con ella, porque le robaron la posibilidad de aprender la habilidad de poder ejercerla (a ser libre se aprende). Ha pasado tanto tiempo, que quienes lo condenaron ya no están y todo lo que conoce y le es familiar, está dentro. Le da más miedo la luz que la oscuridad de su celda. Toda su vida la ha vivido estando muerto. La confianza la ha perdido, también la ilusión y la esperanza- porque cuando se lleva más de 50 años cumpliendo una condena por algo que no has hecho, para sobrevivir, llega un momento en que lo aceptas y asumes que así será el resto de tu vida-. Y, de pronto, se abre la puerta de su celda y le dicen que es libre y no culpable de ningún delito. Entonces, piensa: a quién le pido responsabilidades de lo que me ha sucedido y me han robado  si ya no hay nadie?. Lo único que quiere es volver a su celda para seguir soñando con la libertad y la justicia. Dentro de los muros de la cárcel se siente protegido, porque el mal está fuera.

Para la libertad, de Miguel Hernández.

Para la libertad, sangro, lucho, pervivo. 
Para la libertad, mis ojos y mis manos 
como un árbol carnal, generoso y cautivo, 
doy a los cirujanos. 
Para la libertad siento más corazones 
que arenas en mi pecho: dan espumas 
mis venas, 
y entro en los hospitales, y entro en 
los algodones 
como en las azucenas. 

Porque donde unas cuencas vacías 
amanezcan 
ella pondrá dos piedras de futura mirada 
y hará que nuevos brazos y nuevas 
piernas crezcan 
en la carne talada. 

Retoñarán aladas de savia sin otoño 
reliquias de mi cuerpo que pierdo en 
cada herida. 
Porque soy como el árbol talado, 
que retoño: 
y aún tengo la vida.



                                                                                


viernes, 6 de febrero de 2015

Yo sí creo que es importante.

El otro día leí algo sobre la tristeza y el pensamiento positivo. Resumiendo, decía que cuando la tristeza aparece es porque hay un duelo por el que hay que pasar y, durante ese proceso, el pensamiento positivo no tiene nada que hacer. Hay que dejar espacio a la tristeza para que haga su trabajo de aceptación de la pérdida. También decía que el pensamiento positivo es una moda o tendencia que sólo sirve para mejorar la "felicidad".
En mí, parece que ese duelo no tiene fin y que la tristeza ha ocupado mi casa y no hay manera de que salga de ella. También es cierto que no estoy segura de cuáles son las pérdidas que provocan mi duelo. Son tantas, en tan poco tiempo, que parece se hayan aliado formando una rueda que va dando vueltas y que nunca se acaba. Cuando creo que he salido de una, detrás viene otra. No me da tiempo a recuperarme. En este proceso interminable, voy descubriendo mis carencias e incapacidades y como he sobrevivido por encima de mis posibilidades inventándome a una persona "normal",  no queriendo ver ni aceptar mi falta de las habilidades psicológicas y sociales necesarias para relacionarme con mi entorno y conmigo misma. Por lo que, este proceso me convierte en una persona, tremendamente, vulnerable.
En este momento, convivo con una desconocida que me hace sentir insegura, mucho miedo, que ha bajado mi autoestima a bajo cero y que ha destruido todo aquello que tenía y en lo que confiaba, aunque fuera mentira. Al mismo tiempo, pienso que el duelo por el que estoy pasando no tiene sentido, ya que lo que he perdido nunca lo he tenido. En una canción oí que lo que se echa de menos en una pérdida es el vacío que deja en nuestras vidas. Y yo me pregunto: Cómo puedo echar de menos al vacío de una mentira?. Otras veces, pienso que no es un duelo lo que estoy pasando, sino todo aquello que tenía que haber pasado hace 53 años, teniendo que regresar a aquel tiempo recordando y trayéndolo a mi presente. Imagino que, por entonces, mi madre, por mi bien y el de mi familia, hizo que olvidara y pareciera que no había pasado nada, borrándolo de mi memoria y poniendo en su lugar una mentira. Mi mente, mi cuerpo y mis sentimientos no pueden o no saben la manera de encajar todo ésto y la verdad. Ya no está mi madre para volver a hacerme olvidar y a las personas cercanas a mí, o no les interesa o no les parece importante. Ya ni recuerdo la última vez que hablé sobre mi abuso, sólo lo escribo en mi cuaderno porque siempre está presente en mis pensamientos y emociones. Me he aislado, no por miedo a la gente o al daño que me puedan hacer, sino por vergüenza a que, en un momento de cercanía con alguien, pueda hablar. Lo curioso, es que estoy haciendo lo mismo que hizo mi madre, mentir. La diferencia que hay entre antes y ahora, es el recuerdo y que no puedo olvidar. En algún sitio leí que lo contrario del olvido no es la memoria, sino la verdad. Por eso, al recordarla, no puedo olvidar, ya no.
Hoy, hablaba con una amiga, también superviviente, y me decía:
- Nada. Yo me rindo. A nadie le importa lo que pasó, quizás porque no es tan importante.
Le respondí:
- Pues igual llevas razón. Aunque yo sí creo que es importante.



viernes, 30 de enero de 2015

No sé.

Cada vez que digo la verdad, alguien se aleja de mí, se va. Muchas veces decir la verdad te trae la soledad. La verdad sorprende tanto que asusta, por lo que es rechazada y no creíble. Las mentiras piadosas o el silencio gustan más y son aceptadas porque no molestan, Pero existen personas que queremos vivir en la verdad, incluso, la buscamos, y el precio que pagamos por ello es el aislamiento y la oscuridad social. Menos mal que la verdad tiene su propia luz, aunque no sea vista por otras personas.

Sigo sin encontrar mi lugar y sin encajar en esta realidad de mentiras piadosas y llena de silencios que no perturben ni molesten. A veces, pienso que la verdad me ha llegado muy tarde y acompañada de demasiadas pérdidas y no sé qué hacer con ella. El sólo hecho de recordar me trae la injusticia y la impotencia de no poder hacer nada. Es cierto que hay que aceptar, pero me cuesta asumir. Es como si tuviera que integrar algo dentro de mí que no me corresponde ni he elegido, aunque haya sucedido.

"Tengo tanta pena en la mirada que si lloro al viento nace el mar". Carlos Chaouen.